Yo soy Wakefield
Leí el cuento “Wakefield” de Nathaniel Hawthorne en la Orsai 12 y no pude evitar sentirme pavorosamente identificado con la descripción del protagonista del cuento que intenta el autor. Para quienes no leyeron el cuento, va un breve resumen.
Wakefield es la historia de un tipo que un día, sin muchas explicaciones ni razones aparentes que lo justifiquen, abandona su casa y a su esposa por un lapso de 20 años. El mítico “voy a comprar cigarrillos y vuelvo”. Lo loco es que el cristiano no se va muy lejos. Todo ese tiempo se queda escondido en una casa alquilada a una cuadra de distancia de su hogar.
Disfrazado, en pleno corazón de la populosa Londres del siglo XIX, nadie lamenta su ausencia, salvo su mujer y solo al principio. Pero tampoco a nadie le llama la atención su presencia desencajada. Casi sin proponérselo Wakefield se convierte, de esta manera, en lo que Hawthorne define como “el Paria del Universo”.
Ahora vayamos a la descripción de Wakefield, que yo digo bien podría ser la mía:
“En ese entonces se encontraba en el meridiano de su vida. Sus sentimientos conyugales, nunca violentos, se habían ido serenando hasta tomar la forma de un cariño tranquilo y consuetudinario. De todos los maridos, es posible que fuera el más constante, pues una especie de pereza mantenía en reposo a su corazón, dondequiera que lo hubiera asentado. Era intelectual pero no de forma activa. Su mente se perdía en largas y ociosas especulaciones que carecían de propósito o del vigor necesario para alcanzarlo. Sus pensamientos rara vez poseían suficientes ímpetus como para plasmarse en palabras. La imaginación, en el sentido correcto del vocablo, no figuraba entre las dotes de Wakefield. Dueño de un corazón frío, pero no depravado o errabundo, y de una mente jamás afectada por la calentura de ideas turbulentas ni aturdida por la originalidad, ¿quién se hubiera imaginado que nuestro amigo habría de ganarse un lugar prominente entre los autores de proezas excéntricas? Si se hubiera preguntado a sus conocidos cuál era el hombre que con seguridad no haría hoy nada digno de recordarse mañana, habrían pensado en Wakefield. Únicamente su esposa del alma podría haber titubeado. Ella, sin haber analizado su carácter, era medio consciente de la existencia de un pasivo egoísmo, anquilosado en su mente inactiva; de una suerte de vanidad, su más incómodo atributo; de cierta tendencia a la astucia, la cual rara vez había producido efectos más positivos que el mantenimiento de secretos triviales que ni valía la pena confesar; y, finalmente, de lo que ella llamaba “algo raro” en el buen hombre. Esta última cualidad es indefinible y puede que no exista.”
Quienes no me conozcan, jamás tendrán manera de comprobarlo. Y es probable que mis allegados más cercanos crean que exagero en la comparación. Créanme. Les juro que cada palabra, cada idea que aparece volcada ahí me calza justito. Wakefield soy yo.
Así que ya saben. Si en unos años desaparezco de la faz de la tierra no se apuren a llorarme ni tampoco a festejar mi partida. Es probable que esté, con una peluca colorada, viviendo solo, en el PH de Barzana al 1700.

